
Era un día común. El sol brillaba cuando Levi y papá llegaron al parque. Levi tenía algo maravilloso que quería contarle a papá. Pero las palabras no salían. Papá se esforzó mucho por entender a Levi, pero no pudo.

Cuando llegaron a casa, papá suspiró. —Ojalá supiera qué está tratando de decirme Levi —dijo. —Debe de haber una manera —dijo mamá.

Así que mamá y papá comenzaron a buscar. Buscaron por todas partes, en cada lugar que se les ocurrió. Buscaron tanto que apenas notaron que Levi no estaba buscando en absoluto. Estaba demasiado ocupado explorando.

Subió por el Cañón Cold Spring, bien alto en las montañas. Allí, encontró por casualidad una cueva escondida.

Levi entró. Siempre estaba dispuesto a vivir una aventura. En lo profundo de la cueva había un dragón. El dragón se acercó a Levi y apoyó suavemente su frente contra la de él. *Hola, Levi*, oyó. *Bienvenido a mi cueva.*

Los ojos de Levi se abrieron de par en par. —¿Puedes entenderme? El dragón asintió. El dragón quería saberlo todo sobre Levi y el mundo al pie de las montañas. Levi le habló de mamá y papá. Le contó sobre los lugares que le gustaba explorar y todas las cosas que le encantaba hacer. El dragón escuchó cada palabra.

—Pero yo soy diferente —le dijo Levi—. La mayoría de las personas hablan con palabras. Pero yo perdí las mías. El dragón se rio. —La mayoría de los dragones vuelan. Pero yo solo tengo un ala. Levi sonrió. Y eso fue todo.

Levi y el dragón se hicieron grandes amigos. Escalaron rocas, chapotearon por arroyos, encontraron senderos secretos y exploraron lugares que nadie más conocía. Y cuando llegaron a una ladera empinada, el dragón extendió su ala como una vela y juntos corrieron cuesta abajo por la pendiente cubierta de hierba.

Cuando Levi llegó a casa, juntó su frente con las de mamá y papá, tal como el dragón había hecho con él. Ellos no podían oírlo. Pero Levi sonrió y se rio bajito. Mamá y papá le devolvieron la sonrisa y le dieron un gran abrazo.

A la mañana siguiente, Levi tomó la mano de papá y lo jaló hacia la puerta. —¿Adónde vamos? —preguntó papá. Levi solo sonrió. Guio a mamá y papá por el Cañón Cold Spring, sobre las rocas y hasta la cueva escondida.

Mamá se detuvo cuando vio al dragón. —Oh —susurró—. Solo tiene un ala. Papá parecía preocupado. —¿Pero cómo vuela? El dragón miró a Levi. Levi miró al dragón. Entonces los dos estallaron en carcajadas.

El dragón salió corriendo de la cueva, y Levi salió tras él. —¡Vamos! —llamó papá a mamá. Los siguieron. Treparon por enormes rocas, chapotearon por arroyos helados y descubrieron cascadas escondidas detrás de los árboles.

Cuando mamá tuvo miedo de cruzar un tronco caído, Levi extendió la mano hacia atrás y tomó la suya. Y cuando papá no pudo encontrar el sendero, Levi le mostró el camino.

Cuando llegó la lluvia, el dragón los reunió a los tres bajo su enorme ala. Para cuando el sol comenzó a ponerse, mamá y papá estaban embarrados, cansados y riendo.

Papá miró a Levi y al dragón. —Pensábamos que tú eras quien se estaba perdiendo de todo —dijo. Miró hacia las montañas y sonrió. —¡Pero éramos nosotros! ¡Mira todas las aventuras que has tenido!

Levi se rio bajito y apoyó su frente contra la de papá. Y esta vez, papá entendió.

Cuando papá levantó la mirada, el dragón ya no estaba. Pero Levi ya corría adelante, guiando a mamá y papá hacia su próxima aventura.