
En el borde de la pradera, Gato levantó la hierba y Dragón se inclinó para mirar de cerca. Allí estaba Musgo, una rana tímida, tarareando tan bajito que solo las briznas cercanas podían oírlo.

Musgo volvió a tararear. «Cantar donde otros puedan oírme se siente demasiado grande», susurró. Gato y Dragón prometieron encontrar un lugar más tranquilo.

Gato vio una tranquila colina. Musgo trepó cerca de los hombros de Gato, y los tres amigos se pusieron en marcha para probarla.

En la cima de la colina, Musgo intentó cantar una nota. El viento sacudía la hierba y un árbol susurraba, así que Musgo guardó su canción.

Dragón señaló el arroyo de abajo. «Su agua constante quizá haga que sea un lugar más suave para escuchar», dijo, y Musgo lo siguió esperanzado.

Junto al arroyo, Gato ahuecó las dos patas alrededor de Musgo. Pero el alegre murmullo del agua cubría su tarareo, así que Dragón empezó a buscar una respuesta más tranquila.

Mientras la tarde se volvía más oscura, Dragón vio luciérnagas que flotaban en una dirección. Musgo eligió seguir su tranquilo resplandor, y Gato corrió tras ellas.

Las luciérnagas los guiaron hasta un estanque quieto rodeado de juncos. Musgo tarareó desde una hoja de nenúfar, y pequeñas ondas le respondieron.

Dragón se acurrucó con cuidado entre los juncos, con las alas bien recogidas, creando un escenario protegido. Musgo lo miró con valentía. «Aquí me siento seguro», dijo.

Musgo cantó una nota clara. Gato respondió con un suave y juguetón maullido, y Musgo parpadeó antes de intentar otra.

Animado por las dulces respuestas de Gato, Musgo cantó una canción completa. Ondas brillantes la llevaron por todo el estanque mientras Dragón sonreía con orgullo.

Bajo la luna, Gato compartió una baya, Dragón bebió de una taza hecha de hoja y Musgo cantó desde su piedra junto a la cesta de picnic abierta.